¿De dónde salen las bacterias que respiramos?

Seguro que lo habéis leído alguna vez. “La pantalla del móvil tiene más bacterias que la taza del váter”. Estudios de este tipo tienen cabida en medios generalistas de forma habitual y pueden llegar a adquirir una gran repercusión.

Es menos frecuente, en cambio, encontrar noticias relacionadas con la suciedad del ambiente, más allá de la creciente preocupación por el clima y la contaminación. En los espacios cerrados, por ejemplo, existen bacterias que pueden ser dañinas, del mismo modo que las hay en los objetos y en el aire exterior.

La importancia de esta cuestión reside en un concepto muy simple: generalmente pasamos la mayor parte del tiempo en espacios cerrados, donde las bacterias se propagan por el aire y pueden viciarlo sin demasiado esfuerzo.

 

Cuando encontramos referencias en este sentido, el inodoro parece ser el epicentro de todos los males: sus bacterias se propagan por el aire al tirar de la cadena y por ello es importante hacerlo con la tapa bajada para dificultar la salida. Pero un reciente estudio de la Universidad de California (enlace en inglés), desvela que en el propio baño hay otros focos de contaminación más importantes como el lavabo, que desprende bacterias al correr el agua del grifo.

En cualquier caso, el foco de bacterias más importante en un espacio cerrado, es el suelo. Además de por las corrientes de aire, al ser un lugar de contacto ineludible, el transporte de bacterias se facilita por las propias personas. El problema se agrava en los casos en los que contemos con moqueta o alfombra cuando la limpieza no es adecuada, ya que ahí es donde se acumula el polvo y lo que es más importante; se sacude en cada pisada desprendiendo la suciedad por el ambiente. Por el contrario, una limpieza de alfombras y moquetas regular ayuda a mejorar el ambiente en un espacio cerrado, puesto que el polvo se asienta rápidamente y no se desprende si la actuación es periódica.

Esta cuestión no ha de tomarse con alarma, pero es conveniente conocerla para procurar residir y trabajar en entornos más saludables. Existe incluso un mal que se extiende entre trabajadores de distintos sectores que se asocia a la mala ventilación de un espacio: el síndrome del edificio cerrado. Una ventilación inadecuada es causante de dolores de cabeza, congestión o fatiga entre otras molestias menores. El problema se puede agravar cuando la suciedad campa a sus anchas, pudiendo producir reacciones alérgicas o incluso en casos extremos, infecciones como legionelosis o fiebre de Pontiac.

Dado que pasamos gran parte del día en una oficina o un lugar de trabajo cerrado, es importante mantener una buena ventilación del recinto y, sobre todo, contar con un proveedor de servicios de limpieza que garantice la higiene del local y la desinfección del aire que elimine agentes patógenos o malos olores entre otras molestias. Al fin y al cabo, si nos preocupa la ergonomía de la silla, la buena iluminación y el buen estado de los aparatos electrónicos, ha de preocuparnos también trabajar en un ambiente saludable que minimice las bajas y mejore la productividad.

 

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